Hoy, Estados Unidos anunció un compromiso de 2.000 millones de dólares en ayuda humanitaria para la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en un momento en el que el gobierno del presidente Donald Trump continúa reduciendo de forma significativa la asistencia estadounidense al extranjero y exige profundas reformas al sistema humanitario internacional. 

La cifra, aunque modesta frente a los hasta 17.000 millones de dólares anuales que Washington llegó a aportar en años recientes a programas respaldados por la ONU, es presentada por la Casa Blanca como una contribución “generosa” que permitirá a Estados Unidos conservar su estatus como el mayor donante humanitario del mundo.

El dinero se integrará en un fondo general, desde el cual se distribuirá a distintas agencias y prioridades, un mecanismo que responde a una de las principales exigencias del gobierno estadounidense: centralizar y reformar drásticamente la forma en que la ONU gestiona y reparte los recursos. 

Esta estrategia ha generado inquietud entre trabajadores humanitarios, ya que ya ha derivado en recortes de programas, servicios y miles de empleos.

Un giro frente a años de mayor financiamiento

De acuerdo con datos de Naciones Unidas, de los hasta 17.000 millones de dólares anuales que Estados Unidos ha aportado, entre 8.000 y 10.000 millones correspondían a contribuciones voluntarias, además de miles de millones en cuotas obligatorias por su pertenencia al organismo. 

Para críticos de la política actual, los recortes occidentales —encabezados por Washington— han sido miopes, empujando a millones de personas al hambre, el desplazamiento o la enfermedad, además de debilitar el poder blando estadounidense.

Un año de crisis para la ayuda humanitaria

El anuncio llega tras un año especialmente crítico para agencias clave de la ONU, como las encargadas de refugiados, migración y asistencia alimentaria. Los recortes aplicados por el gobierno de Trump, sumados a reducciones de otros donantes tradicionales, han obligado a estas organizaciones a achicar operaciones y personal, justo cuando las necesidades globales siguen aumentando.

En 2025 se han registrado situaciones de hambruna en partes de Sudán y Gaza, mientras inundaciones, sequías y desastres naturales —frecuentemente asociados por científicos al cambio climático— han causado miles de muertes y desplazamientos masivos.

El nuevo compromiso se concreta mediante un acuerdo preliminar con la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), dirigida por Tom Fletcher, exdiplomático británico, quien impulsa desde el año pasado un llamado “reinicio humanitario” para mejorar eficiencia, rendición de cuentas y resultados.

La idea central es que la oficina de Fletcher se convierta en el canal principal para distribuir la ayuda estadounidense —y eventualmente la de otros países— hacia agencias como el Programa Mundial de Alimentos, la Organización Internacional para las Migraciones y ACNUR, en lugar de asignar fondos a múltiples solicitudes individuales.